¡Volvemos al cole! (Nostalgia séptima parte)

Cada vez está más cerca la época que más me gusta del año: el otoño.

¡Lo amo!, y cada día mas.

Además, hoy ha amanecido el día nublado, con viento, y no hace demasiado calor. ¡Perfecto!.

Cuando era «más niña», el acontecimiento que me anunciaba esta época tan querida para mí era «la vuelta al cole».

Siempre esperaba como agua de Mayo que comenzaran las clases.

Cuando empecé a ir al instituto se me quitaron las ganas, pero esa es otra historia.

Mi «andadura estudiantil» comenzó con cuatro años.

Iba a una escuela infantil católica cerca de mi casa. La profesora era una monja seglar muy cariñosa a la que queríamos todos mucho.

El primer día, asombrosamente, no lloré cuando mi madre me dejó allí.

Digo «asombrosamente» porque tengo siempre la lagrimita detrás de la oreja.

Quizás tenga algún parentesco con el personaje de Harry Potter: Myrtle «la llorona».

En fin, el caso es que ese día fui muy valiente y me quedé sentada, sin moverme, en un rincón.

Imagen de candice_rose en Pixabay

Cuando llegó una vecina a recogerme me agarré a su vestido y no hubo alma humana que lograra que me soltase.

Pero pronto me habitué a las clases y me lo pasaba realmente bien allí.

Mis compañeros eran casi todos vecinos míos y nos llevábamos muy bien todos.

Para ir al patio de recreo teníamos que atravesar la iglesia y caminábamos en silencio por el pasillo con el dedo índice sobre los labios.

Algo gracioso y tierno a la vez.

Imagen de Jerzy Górecki en Pixabay 

En esta escuela comencé a hacer mis primeros pinitos como cantante.

Acompañada a la guitarra por una vecina, me colocaba en medio de la iglesia, rodeada de gente, y me ponía a cantar villancicos gesticulando y dramatizando como si me fuera la vida en ello.

También empecé a explorar mi vena creativa haciendo mis primeros dibujos que regalaba a mis padres como si de un Van Gogh se tratase.

Pero el tiempo pasa, inevitablemente, y cuando cumplí seis años cambié de escuela:

El colegio de mi barrio, que no tenía patio de recreo.

Imagen de elizabethaferry en Pixabay

En su lugar estaba habilitado el sótano, donde casi me parto la mandíbula cuando resbalé en el suelo mojado y me di con una fuente de mármol.

Allí estudié la E.G.B., o Educación General Básica.

Para mí suena un poco más bonito que la «E.S.O»(enseñanza secundaria obligatoria).

Al principio me daba risa escuchar:

-¿Tú que estudias?

-Pues ¡»eso»!.

Bueno, volvamos a nuestra E.G.B.

Constaba de ocho años y a nosotros en aquella época nos parecían toda una vida.

Como te decía al principio, yo tenía siempre muchas ganas de que empezaran las clases.

Mis tíos, que por aquel entonces vivían en París, siempre me traían en vacaciones una cartera muy glamurosa que yo reservaba para el cole.

Imagen de Piero Di Maria en Pixabay

Así que empezaba el año estrenando cartera y nuevas ilusiones.

A diferencia de hoy, las clases eran en horario partido: mañana y tarde.

Normalmente las asignaturas más pesadas, como matemáticas, se daban por la mañana y las tardes eran para actividades más placenteras como lectura o manualidades.

Era una época en la que yo me distraía con una mosca, y aunque era bastante buena y callada, inevitablemente se me iban los ojos a la ventana.

Imagen de DarkWorkX en Pixabay 

Lo curioso es que aunque me encanta estar en casa y también me encantaba el colegio, en cuanto empezábamos la clase ya estaba contando los minutos para salir.

Más tarde me volvió a pasar lo mismo en mi primer trabajo.

A mí me gustaba estar a cubierto, en casa, o al aire libre, pero sin ataduras. Sin ninguna obligación.

Imagen de ArtTower en Pixabay 

Las clases matutinas se hacían más cortas, ya que siempre tuve, y tengo, más energía por las mañanas.

Además, teníamos nuestro ansiado «recreo» en el que nos comíamos el bocadillo que nos había preparado nuestra madre mientras desayunábamos.

¡Qué rápido pasa el tiempo ahora! y ¡qué largos se nos hacían esos ocho años en los que la mayoría de las cosas que estudiábamos eran inútiles y no las utilizaríamos nunca en nuestro día a día como adultos!

Tengo que decir que, aunque siempre tuve buena intención con los estudios, no fui una alumna brillante. Más que nada porque no me interesaban las asignaturas que dábamos en las clases.

O quizá tendría que ver con que los profesores no te presentaran las materias como algo apasionante de lo que quisieses saber más.

Imagen de Steve Riot en Pixabay 

Sea como fuese, sigo pensando que la mejor época era la del parvulario.

Ese momento en el que cualquier cosa en la vida te asombra, porque es nuevo.

Es cierto que no podemos vivir siempre con la mentalidad de un niño ya que no avanzaríamos, pero pienso que se da por sentado que a partir de una cierta edad todo tiene que tener un grado de seriedad excesivo.

Y la mente, ante ese tedio, se cansa y pierde interés.

Por eso ahora los niños, ante tanto estímulo digital, se aburren como ostras en los colegios y cada vez hay menos interés por aprender cosas nuevas y ser un experto en las materias existentes.

Muchas asignaturas inútiles y más ignorancia.

Como dice la frase:

«Aprendiz de mucho, maestro de nada».

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay 

Sería ideal que existiera un colegio donde enseñasen a pensar, a convivir en pareja, a crear riqueza, a emprender, a solucionar problemas, a cuidar de nuestra salud, a ser creativo, y, en definitiva, a vivir.

Pero ciudadanos que piensan siempre son un peligro porque no se pueden manipular.

Así que, de momento, olvidémonos de nuestro ideal.

Intentemos ser conscientes día a día de nuestras decisiones y empecemos a «desaprender» lo que durante tantos años nos quisieron inculcar entre cuatro paredes a la fuerza.

¡Feliz vuelta al cole!.

Imagen de ambermb en Pixabay 

2 comentarios en “¡Volvemos al cole! (Nostalgia séptima parte)”

  1. Juan Jesús Navarro Lara

    Qué recuerdos !!!!!!
    También sería digno de un artículo la variedad de desayunos que se veían en los recreos 😋
    También podría ocupar otro artículo el recordar a aquellos profesores que guardamos en nuestra memoria.

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