Domingos de excursión en Mijas.

Los domingos olían a excursión.

Aunque fuese un lugar al que íbamos muy a menudo a mi me parecía un sitio nuevo por descubrir.

Me levantaba con la ilusión que sólo un niño puede tener. Esa ilusión que hace que no importe nada más. Esa misma ilusión que nos hace tanta falta de adultos pero que nuestra mochila no nos deja saborear.

Desayunaba con mi familia muy contenta por lo que venía después. Pero bien atenta, como niña, a mi presente. A ese aceite con ajo y sal que rebañaba con mi pan tostado al fuego de nuestra cocina de gas.

¡Qué fácil parece todo cuando no se tienen más preocupaciones que volver al colegio los lunes!

El caso es que los domingos siempre íbamos a algún pueblo, y mi preferido era, cómo no, Mijas.

Nos metíamos en nuestro coche sin cinturones traseros. Y para mi comenzaba la diversión.

A veces me pasaba el camino jugando con mi hermano, cinco años mayor que yo, y, a veces, me pasaba el camino peleando….. pero nunca llegaba la sangre al rio.

Otras veces dejaba volar mi imaginación. Antiguamente no existían tantas autovías para llegar a estos pueblos y teníamos que pasar por la carretera de montaña.

¡Imagínate lo que era eso para mi cabecita creativa!

Rocas, pinos, chalets escondidos entre los árboles…

¡Lo que se pierden hoy en día por estar siempre pegados al móvil!

Niños que se pasan todo el viaje en coche con una tablet pegada a las narices viviendo la vida a través de una pantalla.

El caso es que yo me lo pasaba bomba.

Y por fin, llegábamos.

Aparcábamos pronto y nos poníamos a caminar por esas calles tan blancas y llenas de encanto.

La primera visita era a la Virgen de la Peña.

A mi el lugar me parecía fascinante.

La Ermita estaba dentro de una montaña, como si fuese una cueva. Bueno, en realidad lo era.

En una de las paredes la gente colgaba ofrendas. La mayoría de ellas eran partes del cuerpo hechas en estaño. Un brazo, una pierna.

También mechones de pelo, fotos, todo aquello que la gente le pedía a la Virgen.

Saliendo de la Ermita, en la misma cueva, había una tienda de souvenirs. Pequeñita y preciosa. Había que esperar a que saliera gente para poder entrar.

Y al lado de la tienda un mirador por el que podías ver una gran extensión de montañas plagadas de chalets con sus correspondientes piscinas.

Te podrá parecer una tontería pero a mi todo aquello me parecía fascinante.

Después de esta visita tocaba adentrarnos un poco en el pueblo.

Por aquella época olía a masa de churros, a magdalenas y a chocolate.

Recuerdo una pequeña panadería donde comprabas las magdalenas recién hechas. Era una bolsa de seis, y yo no podía esperar a que se enfriaran.

La cogía en mis manos, olía su copete espolvoreado con azúcar, y le daba un mordisco con todas mis ganas.

¡Ay! ¡Qué cosa más buena! ¡Y qué revoltijo de barriga tenía después por haberme comido más de la cuenta!

Después visitábamos alguna tienda. Porcelanas, cerámicas, ropa artesanal. Tenían una mezcla de rústico y lujoso. Eran muy especiales.

En una de ellas, hace algunos años, compré un angelito rechoncho que cantaba. Algo así como las figuritas de LLadró, incluso creo que era una marca que trabaja para ellos.

En fin, siempre había algo que comprar.

Pienso que a veces no hace falta ir muy lejos o hacer grandes viajes, hay rincones muy cercanos que hacen que te transportes a otros mundos, o sea, que te evadas y desconectes.

Pero, sin duda, la época más mágica para visitar el pueblo era en Navidad. Si de por sí me gustaba el pueblo en estas fechas lo adoraba.

En la iglesia ponían un Belen precioso.

Está tradición que ahora está un poco olvidada para muchos era todo un acontecimiento para mi.

Además, era enorme. Sólo recordando esto conecto con esa felicidad tan infantil.

Eran otros tiempos, pero ¡qué tiempos!.

Después de ver el Belen yo ya sabía donde quería ir. A mis queridos columpios.

Tenías que esperar a que alguno quedara libre y entonces corrías para que nadie te lo quitara.

Y ahí estaba yo, viviendo el presente como solo un niño sabe hacerlo.

-¡Un ratito más!, le decía a mi madre, y cómo era yo tan persuasiva pues me lo concedía.

Y después, vuelta a casa, de nuevo imaginando historias y contenta porque al día siguiente había colegio.

¡Lo que ha llovido desde entonces!

Hoy llegas al pueblo en un pis pas, tardas una eternidad en encontrar aparcamiento, si lo encuentras, y, desde luego, no ves las cosas de la misma manera.

Hace años que no vuelvo, pero las últimas veces habían puesto una tienda de chocolates en la plaza que me llamó mucho la atención.

Las tabletas eran muy finitas y de muchos sabores. Mi padre, viéndome a sus ojos todavía como la niña que era, me trajo algunos trozos para probar, y me encantaron.

Hoy en día sigue la Ermita como antaño.

Y una cosa ha cambiado para mejor, los burros taxi dejaron de sufrir por las calles. Las tradiciones están bien siempre que no dañen a nadie.

No sé cuando pero volveré y me transportaré a esos años de infancia.

Si puedes ir a Málaga no dudes en visitarlo.

Lo que he mencionado antes fueron mis lugares favoritos pero hay muchas más cosas que ver.

El museo de miniaturas, situado en un carromato, ¡si es que no se puede ser más cuki!

El museo, donde hay una habitación detrás de un cristal en la que estuvo escondido un hombre del pueblo durante la guerra civil. Esto, más que bonito, te ponía los pelos de punta. Por eso lo visité cuando era adulta.

Las tiendas, las cafeterías, los restaurantes, y el encanto de un pueblo maravilloso.

¿Qué me dices? ¿Te he convencido?

Espero que cuando vayas lo disfrutes tanto como yo.

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