Trozo de tarta de galletas casera con chocolate sobre un plato de cerámica

La tarta con la que me emborraché sin darme cuenta.

Tengo que hacer una confesión: soy fan de las tarta de galletas.

La condición es que tiene que tener tantas galletas que intimide al mismísimo Triki.

En mi casa era una tradición que mi madre me la hiciera en cada cumpleaños. Desde pequeña hasta que cumplí “taitantos”… o “tricicicis” como decía Lina Morgan.

El caso es que desde que a mi madre le dieron la receta era la única tarta que se comía en casa.

Yo no quería otra.

Pasaron los años y cada Junio me hinchaba hasta coger algún que otro empacho. Pero sarna con gusto no pica.

Al año siguiente quería empacharme de nuevo.

Ya hace años que no la pruebo pero no se me ha olvidado la última vez que la comí.

Fue en unas vacaciones largas que me dieron en el teatro.

Lo que me gustaba de esta tarta era que estaba casi helada, y a mi me encantaba ver cómo se resistía la cucharilla pasando por cada capa de galletas.

Pero esta vez la dejamos en la nevera.

Estaba más blandita, y siempre había un “caldito marrón” en el fondo.

Con cada trozo que cogía rebañaba el caldito del fondo.

Y yo cada vez me sentía más alegre.

¡Si es que no hay nada como una buena tarta para ser feliz!

¡O no era exactamente la tarta!

El caso es que ese día fuimos a un pueblo a visitar la tumba de una antigua amiga de mis padres.

Ahí no me reí, no pienses mal, pero me sentí rara, como si todo empezara a moverse.

Como no me veía mucho en el papel de Melinda Gordon pensé que algo no andaba bien en mi cabeza.

Salimos de allí y todo me parecía gracioso.

Empecé a sacar chistes de todo, y a reír sin parar.

Hasta pasamos por un restaurante gallego de dos tenedores y dije: -Mamá, hay un tenedor para ti y otro para mi, así que papa va a comer comer con las manos. Y exploté riendo.

¿Pero qué tenía la tarta?

Pues te lo digo ahora mismo.

La crema era una bomba hecha con un bote de Nocilla de dos sabores, media barra de mantequilla, y no sé que cosa más.

Y después mi madre mojaba las galletas en leche ¡con coñac!, así que esta vez creo que se le fue un poco la mano.

Pero ¡y lo feliz que fui ese día!

Algunos años y bastantes kilos más tarde sigo pensando que esa tarta fue una de las mejores cosas de mi infancia.

Pienso repetirla pero haciendo un Fran Sinatra, o sea “a mi manera”.

Porque una cosa es un recuerdo bonito y otra muy distinta un bonito puntito.

Si te apetece probarla y recordar tu infancia, esta es la receta que me propongo hacer.

Ingredientes:

-Galletas a discreción. De las buenas, o sea, que no sepan a petróleo.

-Leche entera. Nada de cursiladas desnatadas. O coges tres kilos o tu tarta no sirve.

-Queso crema. De nuevo con toneladas de grasa.

-Crema de Lotus, dulce de leche, Nutella, Nocilla….. si coges kilos que sea con estilo.

-Cola Cao, Café, Cacao en polvo, Nesquik… esto es opcional pero la leche se lleva una alegría.

Manos a la obra:

En un recipiente bates el queso con la crema que hayas elegido.

En otro pones la leche con el cacao, o lo que quieras….. y ¡oye! Si te apetece coger un puntito echa mano del mini bar….

Vas mojando las galletas en la leche y colocándolas en un molde bonito.

Capa de galletas, capa de crema, capa de galletas, capa de crema….. y así hasta que no puedas poner más.

Lo dejas toda la noche en la nevera y ¡alegría para el cuerpo!

No quedará ni el molde.

Yo desde luego pienso hacerla pronto y sólo con verla me acordaré del puntito y seré feliz.

Este es mi pequeño placer de hoy.

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