Yo soy una persona muy olfativa. Es por eso que la vida me regalo una nariz un poco grande.
Pero forma parte de mi y me encanta.
-«¡Para olerte mejor!» que diría el lobo de Caperucita.

El motivo de esta entrada es contarte que me apasiona relacionar aromas a los buenos momentos de mi vida.
El olor te transporta a esas vivencias tan especiales de tu existencia.
El aroma de Azahar que impregnaba las calles cercanas a mi casa. Cuando pasabas entre los naranjos te anunciaban la llegada de la primavera.
Primavera marcada por la Semana Santa y su aroma a flores e incienso.
Las flores siempre nos regalan preciosos momentos. Como el recuerdo de la calle sin salida donde jugábamos de pequeños y cuya pared trasera estaba cubierta de jazmín.
¡Qué aroma tan embriagador de verano! Además era el antimosquitos de nuestra infancia.
Veranos maravillosos donde llegabas a la playa y te invadía un fuerte olor a galleta. Así percibía yo la fragancia de las cremas solares hechas con aceite de coco, aroma de vainilla, y perfume de Tiare.
Así como el olor de la comida que llevábamos. La tortilla, el pollo, la fruta.
Parece que estoy pisando ahora la arena y contemplando la orilla del mar.

Ese mar que percibía en mis sentidos cada vez que bajaba de la estación cuando venía de Madrid.
El olor a sal, a brisa marina y a espetos de sardinas que tanto disfruto en los chiringuitos.
Estos aromas veraniegos iban apagándose para dar paso al perfume de la tierra mojada que te anunciaba las primeras lluvias de otoño.
¡Adoro el otoño! Y con él, el aroma de castañas asadas en los puestos ambulantes.

Castañas que me compraba mi madre cuando era «más niña» y que ahora me compra mi marido y me las pela con todo su amor.
¡Adoro el otoño! Y con él, los aromas a guisos caseros, a sopitas por la noche y a caldito de Pintarroja con almejas que me tenía preparado mi madre cuando llegaba de noche.
Ese otoño lleno de excursiones a los pueblos. De aromas a Pinos por la carretera, y en las panaderías artesanas, a magdalenas recién hechas. Dulces y esponjosas.
¡Qué aromas los de nuestra infancia!

Esas tostadas con mantequilla y mermelada. El fuerte aroma a café por las mañanas. Y el olor del horno encendido haciendo un tierno bizcocho de yogur.
Horno que cobraría su mayor protagonismo en Navidad mientras se cocinaba el pollo con patatas y que tanto disfrutábamos en Nochebuena.

También recordaría el olor de mi muñeca que olía a manzana.
Mas tarde, comenzaría a crear recuerdos con aromas diferentes.
El perfume que desprendía el telón del teatro cuando comenzaba la función.
El olor del Atrezzo, del vestuario de la ópera y de la laca que llevabas por kilos en el moño.

Olor a madera, a terciopelo y a seda.
Olor a las primeras nevadas que viví en Madrid y que tanto disfruté.

Todos estos olores del pasado dan paso a otros para crear nuevos recuerdos.
El aroma del mar donde celebré mi boda. Y el perfume inconfundible de tu amor. Del ser maravilloso con el que compartes tu vida.
Siempre he protestado de mi nariz.
Pero, ¿qué sería de mis recuerdos sin ella?
Mi nariz forma parte de mi y me encanta.








Ya queda menos para que comas castañas asadas, peladas 😋
Por desgracia, yo no he podido disfrutar apenas de los aromas por tener atrofiado el olfato, y no por falta de tamaño 😂😂😂😂
Ya estoy ansiosa por esas castañas peladas 😄