¡Qué bonito es Octubre!, ¡y qué maravilloso es poder expresarme libremente a través de mi blog!
Hoy estoy contenta porque, además de ser lunes y comenzar una nueva semana, cumplo cuatro años en mi vida de casada.
Es una vida que todavía está empezando, cuatro años no son nada, pero, como un niño que crece, va desarrollándose con amor día a día.
Así que lo voy a celebrar hablando de una ciudad muy especial para mí.
No soy muy fan de ensalzar un lugar en concreto, como si mi vida dependiese de ello. Me siento ciudadana del mundo y tengo muy presente las palabras de Carl Sagan cuando afirmaba que deberíamos contemplar lo insignificante que es la tierra en el espacio, «Un punto azul pálido», como se titula su famoso libro.
Y sólo así podríamos entender lo absurdo que es crear conflictos por líneas divisorias imaginarias, o pelearnos porque «mi tierra» es la mejor.
Pero si olvidamos este hecho, no cabe discusión en que nos podemos sentir atraídos hacia unos lugares más que hacia otros, porque nos encontremos bien allí, porque hayamos vivido momentos especiales, o porque simplemente nos parezcan maravillosos.
Ese sitio para mí es París.
No sé si será porque nací allí, o porque en la ciudad se vive «la vie en rose», pero París simplemente me fascina.
Mis padres se conocieron en París, se casaron en París, y como «los niños vienen de París», fueron directamente a la fábrica a encargarnos.
Así que mi hermano y yo nacimos en «la ciudad de la luz».
Mi hermano vivió allí sus primeros cinco años, pero yo a los pocos meses de nacer vine a España.
Aunque entiendo bastante el idioma, no aprendí del todo la lengua francesa que tan elegante me parece, pero lo tengo entre mis tareas pendientes.
El caso es que necesitaba volver adonde había nacido y cuando ya era adulta decidí hacer un viaje relámpago con mi madre.
Nada más llegar allí me sentí como si hubiera vuelto a casa.
Y me iba quedando embelesada cuando admiraba las calles parisinas desde la ventanilla del coche que nos recogió en el aeropuerto.

Hasta que paramos un momento frente a la Ópera Garnier y me quedé con la boca abierta admirando su belleza.

Ese día, después de dejar el equipaje en el hotel del Bulevar Haussmann, nos marchamos a hacer una visita corta de cuatro horas al Louvre.

Sólo teníamos tres días y no podíamos profundizar mucho en la visita.
Recuerdo especialmente La Gioconda, La Victoria de Samotracia, y la desilusión que me llevé porque la sección dedicada a Egipto estaba cerrada ese día.

Cuando salimos del museo estábamos tan cansadas que volvimos al hotel y nos acostamos muy pronto.
Recuerdo que estuve viendo un rato una serie que seguía aquí en España y la entendí bastante bien.
Cuando me desperté al día siguiente todavía no me lo creía pero ¡estaba en París!.
La emoción que sentía era muy grande.
Por la mañana hicimos un pequeño tour por el París histórico que me pareció alucinante.
Una de las cosas que más me impresionó fue la catedral de Notre Dame.

Era sencillamente espectacular.
No pude evitar llorar cuando se redujo a cenizas después del incendio.
Por la tarde hicimos un paseo por el Sena a bordo del famoso Bateau mouche.

Pasamos por sus puentes y pude admirar la gran belleza de la ciudad que me vio nacer.
Cuando acabó el tour, aunque quería dar un paseo por Les Champs Elysee, mi cuerpo no me quiso acompañar y volvimos al hotel donde nos esperaba la tan ansiada cama.

Sólo quedaba un día, y quise terminarlo por todo lo alto yendo a un sitio mágico para mi:
Disneyland.

Creo que en ese lugar retrocedí a cuando tenía 10 años.
Nada más entrar en el parking empezamos a escuchar las melodías de mis películas favoritas.
Era una inyección de ilusión, energía y felicidad.
Recuerdo especialmente la atracción de Piratas del Caribe donde me reí de lo lindo cuando íbamos en la barca y te mojabas entera.
La Mansión Encantada que, valga la redundancia, me encantó.

Los gritos que solté en la Space Mountain y la hora que esperé haciendo cola.
El castillo de la Bella Durmiente que está casi vacío por dentro.

El laberinto de Alicia en el País de las Maravillas.

Y por último, la maravillosa cabalgata por la calle principal con todos los personajes más famosos de Disney.

Lo peor llegó cuando tuvimos que marcharnos.
Al día siguiente volvíamos a España y a mi me invadió la tristeza.
Me lo había pasado tan bien que me daba mucha pena abandonar ese lugar tan maravilloso.
También me apena que todas las fotos que hice fueron un desastre, movidas, borrosas,… por eso no he podido ponerlas aquí.
Curiosamente, al llegar al aeropuerto había una huelga de controladores y yo hasta me puse contenta.
El caso es que siempre recordaré ese viaje tan alucinante y espero repetirlo pronto porque vivir bien siempre merece la pena.
«París bien vale una misa».
Que tengas un buen comienzo de semana.





La verdad es que es una ciudad impresionante, aunque sólo la conozca a través del turismo de bajo coste, esto es, a través de reportajes 😬😬😬😬😬😬😬
La verdad es que tal y como está el panorama ahora mismo vamos a tener que conformarnos con los reportajes.